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Junio 1.999 
Centenario de la Consagración al Corazón de Jesús
En este mes de junio, la Iglesia celebra siempre, el viernes de la octava del Corpus, la Solemnidad del Corazón de Jesús. Está situada al final de las fiestas más importantes de nuestra fe: Semana Santa, la Pascua, la Ascensión, Pentecostés, Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, la Santísima Trinidad y el Corpus Christi; y viene a ser como la síntesis y la razón de todas ellas. En esta fiesta, la Iglesia se fija en el centro del "misterio de Cristo", en aquel aspecto que da sentido a todos los demás: "Dios nos ha manifestado su amor amándonos con un Corazón de hombre". Por esto, la piedad cristiana, intuyendo la sublimidad del misterio, ha querido dedicar todo el mes de junio a meditar este Amor de Dios manifestado en el Corazón de Jesús.
Este año celebramos el centenario de la Consagración del mundo al Corazón de Jesús, realizada por León XIII. El recuerdo y actualización de este evento nos debe estimular para amar más y hacer conocer y amar en todas partes a Aquel que nos ha amado de tal modo. Las palabras de la encíclica Annum Sacrum después de un siglo no han perdido actualidad:
<<Puesto que en el Sagrado Corazón se contiene el símbolo e imagen viva de la infinita caridad de Jesucristo, que por sí misma nos mueve a amarnos mutuamente, por lo mismo es muy natural que nos consagremos a su corazón augustísimo: lo cual sin embargo, no es otra cosa que entregarse y obligarse con Jesucristo, porque el honor, reverencia y culto piadoso que se tributa a su Divino Corazón, verdadera y propiamente a Cristo en persona se tributa.
(...) Tal consagración infunde también en los pueblos esperanzas de cosas mejores, como quiera que puede renovar y atar más apretadamente los vínculos que naturalmente unen los Estados con Dios.Precisamente en estos últimos tiempos se ha procurado con todo empeño que mediase como un muro entre la Iglesia y la sociedad civil. En la constitución y gobierno de los pueblos, se tiene en nada la autoridad del derecho sagrado y divino, con el intento de que la religión no influya lo más mínimo en el modo de ser de la vida ordinaria. Lo cual casi equivale a hacer desaparecer la fe de Cristo, y a desterrar de la tierra, si se pudiese, al mismo Dios. Ensoberbecidos los espíritus con tan gran pedantería, ¿qué de maravillar es que la mayor parte del género humano haya caído en tanta anarquía y sea juguete de tales olas que a todos hacen temblar y peligrar?
Menospreciada la religión, es necesario que se derrumben las firmísimas columnas de la pública incolumidad. Ahora bien, al ir Dios a tomar el justo y merecido castigo de sus encarnizados enemigos, los ha entregado a sus propios caprichos para que sean esclavos de sus pasiones y se consuman con su desmedido libertinaje.
De ahí la violencia de los males que hace tiempo están como de asiento entre nosotros y que reclaman vigorosamente que busquemos la ayuda del único con cuya virtud podemos lanzarnos lejos de nosotros. Y ¿quién puede ser ése, fuera de Jesucristo Unigénito de Dios? Hay que recurrir pues al que es camino, verdad y vida. Nos hemos desviado: hay que volver al camino; se han oscurecido las inteligencias: hay que despejar su oscuridad con la luz de la verdad; se ha enseñoreado la muerte de nosotros: hay que apoderarse de la vida. Entonces finalmente se podrán sanar tantas heridas, entonces todo derecho esperará volver a recobrar la antigua autoridad, y brillará de nuevo el esplendor de la paz y caerán de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten gustosos el imperio de Cristo y le obedezcan, y confiese toda lengua que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre (Phil. II, 11).
Estando oprimida la Iglesia por el yugo cesáreo, durante los tiempos próximos a su nacimiento, fue vista en lo alto por un joven emperador la cruz, presagio juntamente y causa de la gloriosísima victoria que luego se siguió. He aquí que hoy se presenta a nuestros ojos otra señal muy favorable y divina: el Corazón Sacratísimo de Jesús, con la cruz sobrepuesta, brillando entre llamas con vivísimo resplandor. En Él se han de colocar las esperanzas, a Él hay que pedir y de Él hay que esperar la salvación de los hombres>>.