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Mayo 1.999 
"¡Hijo, ahí tienes a tu Madre!"
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: "Mujer ahí tienes a tu hijo". Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.
Al iniciar este mes de mayo, dedicado a nuestra Madre celestial, podemos meditar este pasaje sublime de San Juan, que nos ayudará a intensificar nuestro amor a María y a Jesús.
Tres personajes destacan en esta escena. En primer lugar, Jesús en la cruz realizando "en aquella hora", en la hora suprema de la historia, la Redención del mundo. En segundo lugar encontramos a "su madre", al pie de la cruz, señalada por Jesús como "la mujer". Fijémonos bien: al principio de la humanidad, cuando Adán y Eva pecaron, Dios anunció la salvación por "una mujer y su descendencia"; en el Apocalipsis la historia es descrita como la lucha entre el dragón y "la mujer encinta, vestida de sol y con la luna bajo sus pies". Toda la historia de la humanidad se ve recorrida por la presencia salvadora de una mujer y su hijo. Y esta mujer está, obviamente, en el momento culminante de la historia, "al pie de la cruz". En tercer lugar, la escena destaca "junto a ella al discípulo a quien Jesús amaba", el apóstol Juan, en quien podemos representarnos todos.
La escena es a la vez muy sencilla y muy solemne. Jesús, sufriendo terriblemente clavado en la cruz, parece como si dejara de sufrir un momento para decir algo muy solemne. Parece su testamento. Dos palabras: "Mujer, ahí tienes a tu hijo".
En aquella hora suprema en que Cristo, amándonos hasta el fin, nos ha hecho nacer a una vida nueva, la mujer, asociada íntimamente a Él por un "nuevo amor" que ha madurado definitivamente al pie de la Cruz, se convierte en "madre de una multitud". La madre de Cristo, uniéndose a su Hijo en la hora de la Redención, se ha convertido en madre de los hombres. Y Jesús confirma a su madre esta relación: tu hijo ahora es "el discípulo amado", tu hijo es cada discípulo. Y María lo acepta con amor de Madre.
"Hijo ahí tienes a tu Madre". Jesús entrega a los discípulos a la Madre, los confía a ella. Así revela el lugar de María en la vida de sus discípulos: no será sólo la madre de Jesús, ni sólo la llena de gracia, sino sobre todo, "tu Madre". Y, por tanto, el discípulo no sólo tendrá que respetarla y admirarla, sino entregarse a ella, amarla como un hijo ama a su madre, a la mejor de las madres. Y sobre todo, el discípulo la acogió eis ta ídia, que no significa sólo el mero alojamiento material y de la hospitalidad en su casa, sino que significa "entre sus cosas más propias", es decir, que alude a una comunión de vida por la que el hijo introduce a la Madre en todo el espacio de su vida interior, es decir, de su "yo" humano y cristiano.
Todos nosotros estamos dentro de esta escena, no como muchos, sino en particular cada uno. Y nuestro lugar es el del "discípulo a quien Jesús amaba", que es desde aquella hora hijo amado de la Madre. A nosotros corresponde acoger a María en lo más íntimo de nuestra vida. En este mes de mayo, intensifiquemos los actos de devoción a María tan necesarios (el mes de María, el Rosario, visitar algún santuario mariano,...) pero sobre todo, intensifiquemos nuestra entrega de amor a la Madre y acojámosla cada vez más en lo más íntimo de nuestro ser, porque ella nos llevará al pie de la Cruz, donde Cristo nos abre su Corazón y nos muestra su Amor.